La Revolución Neolítica (3) – La domesticación de animales

Los humanos tenemos orígenes bien humildes. Hace menos de un millón de años éramos cazadores-recolectores, algunos piensan inclusive carroñeros, a la par con muchos otros primates (o sea, los simios y monos). Sin embargo, había una diferencia importante: utilizábamos herramientas y tecnologías, para ayudarnos en las tareas de obtener y procesar alimentos, y en general, permitirnos ser más exitosos que otros animales en la “lucha por la supervivencia”. Estas herramientas y tecnologías permitieron a nuestros antepasados ajustar el entorno a sí mismos, en lugar de tener que adaptarse a su entorno. Una de estas herramientas, o tecnologías, fue desarrollada hace relativamente poco tiempo, pero ha resultado ser de las más poderosas: la domesticación de especies animales y vegetales. A diferencia de las otras herramientas y tecnologías, tales como la elaboración de utensilios de piedra y otros materiales, la domesticación es algo más intangible, pero no por eso menos importante.

En la presente serie de entradas estamos considerando el proceso de domesticación y el impacto que ésta tuvo sobre las sociedades humanas. La entrada anterior estuvo dedicada a los orígenes del cultivo y de la agricultura, hace unos doce mil años. En la presente entrega abordaremos la domesticación de animales, que ocurrió aproximadamente al mismo tiempo [i]. Para empezar, consideraremos el proceso de selección artificial, que es el que está detrás de la domesticación, y veremos cuáles son las características que nos permiten determinar si una especie animal ha sido domesticada.

Domesticación y selección artificial

La domesticación de una especie, bien sea vegetal o animal, se caracteriza por un esfuerzo por parte del hombre por obtener características útiles mediante un control, más o menos intencional, del proceso de reproducción. En el caso de las especies vegetales domesticadas (ver la entrada del 27 octubre 2019), esto llegó a punto tal que muchas de éstas no pueden reproducirse sino mediante la intervención humana. En el caso de los animales domésticos la situación no es tan extrema, pero aun así, existe un control humano sobre su reproducción: al decidir cuáles ejemplares se parean, se puede determinar cuáles rasgos de una especie, útiles y/o atractivos, se reforzarán. El principal rasgo de un animal doméstico es la pérdida del miedo al hombre, e inclusive la aceptación del ser humano como su líder, y podemos imaginarnos que nuestros antepasados hayan querido reforzar justamente este rasgo pareando sus animales más mansos. En este sentido, cabe destacar un experimento interesante que realizaron, desde 1959 hasta la actualidad, los zoólogos rusos Dmitry Belyaev y, después, Ludmila Trut criando y seleccionando zorros plateados. Al seleccionar los zorros más dóciles de distintas camadas y apareándolos, dentro de algunas generaciones se obtuvieron zorros completamente mansos [ii].

Esto es lo que se llama selección artificial. En este blog hemos hablado mucho de la selección natural: el proceso que ocurre en la naturaleza mediante el cual los organismos vivientes cambian continuamente, hacia una mejor adaptación a su entorno. Darwin, el padre de la teoría de la evolución, fue el primero en identificar y describir este proceso, y darle un nombre [iii]. Darwin lo contrapuso al proceso que él denominó variation under domestication, y que hoy día se llama selección artificial. La selección artificial es el método que se aplica en el caso de la domesticación.

Una diferencia fundamental entre la selección natural y la artificial es que la primera es exclusivamente postcigótica, mientras que la segunda es generalmente precigótica. Estos términos hacen referencia al cigoto, el cual es la célula que resulta de la fusión entre un óvulo y un espermatozoide en la reproducción sexual. La selección natural se denomina postcigótica (o postcopulatoria), ya que actúa sobre los ejemplares después de su concepción: una vez nacidos, los ejemplares quedan expuestos a las presiones de su entorno, y los que mejor se desempeñan, los mejor adaptados, son los que ganarán la lucha por la supervivencia y que mejores probabilidades tendrán de pasar sus genes “superiores” a la próxima generación. La selección artificial, por otro lado, es precigótica, ya que ocurre antes de la concepción: el ser humano determina cuál hembra aparea con qué macho, con el propósito que su descendencia tenga ciertas características que le interesan [iv].

Es importante diferenciar entre animales domesticados y animales mansos. Se puede amansar a un animal, por ejemplo a un elefante, pero no necesariamente se convierte en doméstico. El elefante, por ejemplo, se reproduce en la naturaleza; el hombre no tiene injerencia en esto. Asimismo, animales salvajes cautivos pueden aparecer mansos, por ejemplo cuando los vemos en un circo o enjaulados en un zoológico, pero esto no implica que sean domesticados [v].

Ciertas especies animales resultaron ser más fácil de domesticar que otras. Los animales más domesticables son los que reúnen el mayor número de las siguientes características [vi]:

  • Estructura social: animales gregarios, viviendo en grupos grandes, persistentes, con una jerarquía clara, incluyendo tanto las hembras como los machos. Tales animales, por ejemplo muchos de los grandes mamíferos herbívoros, están acostumbrados a vivir en grupos y obedecer a un líder. En la domesticación, el hombre se convierte en su líder, y su tendencia de vivir en grupos permite al hombre controlar con poco esfuerzo (si acaso, con la ayuda de un perro) una gran cantidad de animales. Por otro lado, los animales que viven de manera solitaria, tales como los felinos, no se dejan domesticar fácilmente.
  • Dieta: animal omnívoro, o herbívoro generalista. Propenso a buscar alimentos en los alrededores de asentamientos humanos. Es más conveniente tener animales domésticos que no sean quisquillosos a la hora de comer, y es más fácil domesticarlos, especialmente si de por sí ya se acercan a las casas de los hombres para buscar alimentos. Un animal carnívoro es más difícil de tener, ya por sus requerimientos alimenticios.
  • Reproducción en cautiverio: animal polígamo o promiscuo, machos predominando sobre las hembras, fácil desprendimiento de las crías de sus madres. Un animal doméstico debe reproducirse sin dificultad en cautiverio – si no, peligra la persistencia del rebaño. (En este sentido, la domesticación cambia el patrón del macho defendiendo celosamente a su(s) hembra(s), a favor de copulación promiscua, lo que facilita la fijación de rasgos genéticos relacionados a la domesticación, y reduce la frecuencia de copulación entre animales domesticados y salvajes [vii].)
  • Agresividad: animal no agresivo, domable, controlable, pidiendo atención. El carácter del animal es obviamente muy importante: la agresividad y el difícil control obstaculizan la domesticación.
  • Temperamento en cautiverio: animal poco sensitivo a cambios en el entorno, tolerante a diversos entornos, vive en rebaño que se aglutina en caso de ataque en lugar de dispersarse. De nuevo: los animales más domesticables son los que mejor se adaptan a las condiciones que les imponen sus amos, y que viven en grupos que se mantienen unidos en todas las circunstancias.

Animales que carecen de estas características, no son muy domesticables. Un carnívoro agresivo que vive sólo, por ejemplo, no es un animal que se puede domesticar. Es posible amansar, hasta cierto punto, a un tigre juvenil, criándolo en un entorno humano – pero domesticar, en el sentido que se puede controlar su reproducción, no.

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¿Cómo reconocer un animal domesticado?

Un animal domesticado tiene unas cuantas características, llamadas colectivamente el síndrome de domesticación [viii], que lo diferencian de su pariente salvaje. Las más importantes, e imprescindibles, son la de falta de miedo al hombre y el control del hombre sobre la reproducción. Otras características incluyen, dependiendo de la especie, las siguientes [ix]:

  • Cambio de tamaños: el tamaño se reduce, por lo menos inicialmente. Se reduce el volumen del cráneo, y la parte frontal del mismo (el hocico) se acorta. Se vuelve menos robusto el esqueleto. Puede haber reducción de la cantidad de vértebras. Se reduce el dimorfismo sexual (o sea, la diferencia en estatura entre machos y hembras).
  • Cambio de forma y tamaño de los cuernos (a menudo se reducen).
  • Aumento de la variedad en el pelo, en términos de color y manchas, así como de la longitud y la forma de los pelos (ondulados o rizados, en lugar de lisos). Esto ocurrió por ejemplo en el caso de los perros.
  • Neotenia: la conservación de rasgos (y comportamientos) juveniles en el estado adulto, tales como orejas colgantes, colas cortas o enrolladas, etc. Esto también ocurrió en el caso de los perros.
  • Aumento en la capacidad de almacenar grasas, tanto subcutáneas como intramusculares.
  • Cambios reproductivos: el celo se vuelve más frecuente (en los animales salvajes ocurre generalmente una vez al año, mientras que en los domésticos tiende a ocurrir múltiples veces por año) o desaparece por completo (por ejemplo en el caso de las gallinas, que son siempre fértiles). Aumenta la cantidad de crías.
  • Cambios en dieta: adaptación a una dieta distinta, generalmente más pobre.
  • Cambios en comportamiento, tales como en comunicación social, emoción, afecto, etc. Mayor docilidad. Menor movilidad, menos agresión entre los machos.

Obviamente, muchas de estas características no permiten diferenciar con seguridad entre animales domésticos y salvajes: generalmente hay una variación gradual entre los dos.

Cabe destacar que aun no está claro si estas características aparecieron por hacer sido deseadas por el hombre, o si su aparición fue un derivado, no buscado, del proceso de domesticación. La neotenia por ejemplo, puede haber sido una característica derivada, algo que apareció mientras que los humanos estaban seleccionando sus animales basándose en otros criterios, por ejemplo su mansedumbre. El trabajo de Belyaev y Trut con sus zorros, arriba mencionado, indica que esto puede haber pasado: los zorros, aun habiendo sido seleccionados puramente en función de su amistad hacia los humanos, empezaron a desarrollar rasgos de neotenia, con hocicos más cortos, pelaje manchado, y orejas colgantes [x]. (Pero un trabajo recién publicado relativiza los resultados obtenidos en este experimento [xi].)

Blog 191130 - Revolución neolítica 3 - Belyaev

En el caso de la arqueología, que para estudiar los animales antiguos solamente tiene sus huesos, se pueden utilizar las siguientes características para determinar si una especie ya fue domesticada, o no [xii]:

  • La aparición de una nueva especie, ahora domesticada, en un lugar donde antes no existía.
  • Cambios en la abundancia de una especie (de nuevo, especialmente en el caso de especies que en la actualidad son domésticas).
  • Cambios en tamaño y forma. Generalmente, la domesticación conlleva una reducción de tamaño y cambios de forma tales como la reducción, y hasta la desaparición, de los cuernos.
  • Estructura de la población. Por ejemplo, si los restos encontrados de cabras adultas son principalmente de hembras, mientras que los de cabras juveniles pertenecen en su mayoría a machos, se puede inferir la existencia de rebaños gestionados por el hombre, y por ende, su domesticación.

Las bases de los cambios

Los cambios fisiológicos y de comportamiento que se dan durante la domesticación, tienen su base en lo que ocurre al nivel molecular dentro del cuerpo del animal. En primer lugar, los rasgos de los animales domesticados se deben en cambios en el material genético. En el caso del perro, es posible que su híper-sociabilidad se debe a cambios genéticos que pueden haber facilitado su domesticación [xiii]. Sin embargo, no se ha encontrado ningún “gen para la domesticación”, y los rasgos que caracterizan a los animales domesticados posiblemente no se deben a una sola mutación genética (con la probable excepción de las manchas en el pelaje), sino a una combinación de mutaciones [xiv].

Recientemente se ha determinado que los cambios fisiológicos se deben, en gran medida, no a cambios en el material genético, sino a cambios en la expresión de ciertos genes. Estos cambios en expresión se deben a variaciones en los microARN; éstos son versiones cortas del ARN que, a diferencia del ARN, no leen el ADN para la elaboración de proteínas, sino que regulan la expresión de los genes – o sea, ayudan a definir cuáles genes se leen, y cuáles no. Las variaciones en los microARN causan cambios en cómo se lee el material genético, lo que se refleja en cambios en la apariencia del animal [xv].

Los cambios en comportamiento tienen su base en modificaciones en la arquitectura del cerebro. Un estudio comparativo entre conejos domésticos y salvajes mostró que la pérdida del miedo a los humanos está relacionada a una reducción en el volumen de la amígdala, una región del cerebro involucrada en la formación y la memoria de emociones, incluyendo la ansiedad. Por otro lado, aumentó en los conejos domésticos el volumen del córtex prefrontal, que, entre otras cosas, controla las emociones, incluyendo las negativas. Estos cambios en la arquitectura cerebral ayudan explicar por qué los animales domésticos tienen menos temor a los humanos y tienen menor tendencia de escapar [xvi].

¿Cómo ocurrió la domesticación?

Obviamente no sabemos cómo ocurrió la domesticación. Sin embargo, la arqueología nos da pistas, apoyada por datos genéticos. Cada animal doméstico tiene su propia historia de domesticación, pero en términos generales, la domesticación suele estar precedida por una fase de control, sin que haya cría, de animales aun salvajes. En el ecosistema formado por los humanos y las especies animales (y vegetales) con las que interactúan, la fase inicial se dio cuando todos los animales con los que interactuaban nuestros ancestros, eran salvajes. Con el tiempo, los humanos empezaron a controlar a algunas poblaciones de ciertas especies, lo que era seguido por la protección (encierro) de los animales y su incipiente uso. Sólo después se dio la domesticación propiamente dicha [xvii].

Cabe destacar que la domesticación es un proceso gradual, que toma su tiempo: no es un acontecimiento que ocurrió en un momento preciso. También ocurrió probablemente múltiples veces la domesticación de la misma especie, en lugares distintos, y ocurrieron mezclas entre animales domesticados con ejemplares salvajes. Todo esto hace que el patrón de domesticación, y por ende el reflejo genético del mismo, puede ser más bien complejo [xviii].

¿Por qué la domesticación?

La razón más obvia por la domesticación de animales es la del uso de estos como fuente de alimento (proteínas y calorías) y, en el caso del perro, también para la caza o vigilancia. También fueron útiles ciertos animales domesticados como medio de transporte.

Sin embargo, es posible que además de estas razones, jugaran un papel importante ciertos motivos culturales y/o sociales. Los arqueólogos Jacques Couvin e Ian Hodder, entre otros, afirmaron que las dimensiones simbólicas y religiosas de la Revolución Neolítica, de la que la domesticación de los animales forma parte, eran más fundamentales que los aspectos tecnológicos. La domesticación de los animales, según esta visión, tiene que ser considerada en un marco más amplio: la lucha del hombre contra la naturaleza alrededor de él y dentro de sí mismo, o sea, la domesticación del hombre mismo. Para vivir en asentamientos, en sociedades complejas, nuestros antepasados neolíticos tuvieron que cambiar por completo su manera de vivir y pensar, cambiándose de seres “salvajes” en “animales sociales”. Este cambio conllevó la transformación de su entorno natural, domando la naturaleza, domesticando especies vegetales y animales, para poder domar a sí mismo [xix].

Independientemente del peso que le damos a las ideas de Couvin y Hodder, es obvio que los animales domesticados (y los no domesticados) en el entorno de nuestros antepasados tenían un significado más allá que el alimenticio: eran compañía, una inversión, símbolos religiosos, tótems, objetos de tabúes y mucho más [xx].

Conclusión

En el caso de la domesticación, es el hombre quien toma las riendas de la adaptación de especies vegetales y animales: ya no es la selección natural la que causa su adaptación a los cambios en su entorno, sino la selección artificial debida a acciones humanas; y el nuevo entorno al cual las especies tenían que adaptarse, era el entorno humano. La domesticación ha sido fundamental para el desarrollo humano, hacia su organización en sociedades complejas y en continuo crecimiento tecnológico. Con la domesticación de especies vegetales y animales, el hombre empezó a subyugar la naturaleza a sus fines y convertirse en el padrón, aunque no siempre benévolo, de la tierra.

En la siguiente entrada consideraremos al primer animal en haber sido domesticado. ¿Cuál habría sido?

 

Esta entrada es una versión actualizada de una entrada que publiqué en mi blog, ahora cerrado, “Los tiempos del cambio”.

Nota: la foto en el encabezado de la entrada muestra el ordeño de vacas. Pintura del Egipto antiguo. De: 1000 Fragen an die Natur, via The Metropolitan Museum of Art, Rogers Fund, 1948. Fuente: https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Egyptian_Domesticated_Animals.jpg.

 

[i]     Zeder, M.A., 2011. The Origins of Agriculture in the Near East. Current Anthropology, 52 (S4), S221-S235. www.jstor.org/stable/10.1086/659307.

[ii]    Trut, L. y Dugatkin, L.A., 2017. How to build a dog. Scientific American, mayo 2017, 68-73. www.scientificamerican.com.  Ratliff, E., 2011. Taming the wild. National Geographic Magazine, marzo 2011.

[iii]   Darwin, Ch., 1859/1968. The origin of species by means of natural selection. Penguin Books, Londres.

[iv]   Driscoll, C.A., Macdonald, D.W. y O’Brien, S.J., 2009. From wild animals to domestic pets, an evolutionary view of domestication. Proceedings of the National Academy of Sciences, 106 (suppl. 1), 9971-9978. www.pnas.org.

[v]    Driscoll y otros, 2009. Ver nota 4.

[vi]   Driscoll y otros, 2009. Ver nota 4.

[vii] Hulme-Beaman, A., Searle, J.B. y Stockley, P., 2018. Sperm competition as an under-appreciated factor in domestication. Biology Letters, 20180043. http://dx.doi.org/10.1098/rsbl.2018.0043.

[viii] Ver: https://en.wikipedia.org/wiki/Domestication_of_animals.

[ix]   Leach, H.M., 2003. Human domestication reconsidered. Current Anthropology, 44 (3), 349-368.  Driscoll y otros, 2009. Ver nota 4.

[x]    Trut y Dugatkin, 2017. Ratliff, 2011. Ver nota 2.

[xi]   Lord, K.A., Larson, G., Coppinger, R.P. y Karlsson, E.K., 2019. The History of farm foxes undermines the animal domestication syndrome. Science Advances, Trends in Ecology & Evolution, en imprenta. https://doi.org/10.1016/j.tree.2019.10.011.

[xii] Moore, A.M.T., Hillman, G.C. y Legge, A.J., 2000. Village on the Euphrates. From foraging to farming at Abu Hureyra. Oxford University Press. Pág. 461-471.

[xiii] VonHoldt, B.M. y otros, 2017. Structural variants in genes associated with human Williams-Beuren syndrome underlie stereotypical hypersociability in domestic dogs. Science Advances, 3, e1700398. http://advances.sciencemag.org/content/advances/3/7/e1700398.full.pdf.

[xiv] Larson, G. y otros, 2014. Current perspectives and the future of domestication studies. Proceedings of the National Academy of Sciences, 111 (17), 6139-6146. www.pnas.org/content/111/17/6139.

[xv] Penso-Dolfin, L., Moxon, S., Haerty, W. y Di Palma, F., 2018. The evolutionary dynamics of microRNAs in domestic mammals. Scientific Reports, 8, 17050. www.nature.com/articles/s41598-018-34243-8.

[xvi] Brusini, I. y otros, 2018. Changes in brain architecture are consistent with altered fear processing in domestic rabbits. Proceedings of the National Academy of Sciences, 115 (28), 7380-7385. www.pnas.org/content/115/28/7380.

[xvii]          Vigne, J.-D., Carrère, I., Briois, F. y Guilaine, J., 2011. The early process of mammal domestication in the Near East: new evidence from the Pre-Neolithic and Pre-Pottery Neolithic in Cyprus. Current Anthropology, 52 (S4), S255-S271. www.jstor.org/stable/10.1086/659306.

[xviii]         Larson, G., 2011. Genetics and domestication. Important questions for new answers. Current Anthropology, 52 (S4), S485-S495. www.jstor.org/stable/10.1086/658401.  Zeder, 2011. Ver nota 1.

[xix] Balter, M., 2005. The goddess and the bull. Çatalhöyük: an archeological journey to the dawn of civilization. Free Press, New York. Hodder, I., 2006. The leopard’s tale. Revealing the mysteries of Çatalhöyük. Thames & Hudson.

[xx] Russell, N., 2011. Social Zooarchaeology: Humans and Animals in Prehistory. Cambridge University Press. Ver también: http://www.physorg.com/news/2012-01-guilt-gender-roles-human-animal.html.

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